Home, sweet home

Ya estás en casa. Ya estamos juntos. Y durante unos días vamos a tener que estar confinados. Así que, vamos a tener que vivirnos intensamente casi sin quererlo. Y casi sin querer empecé a cuidarte. Mi vida era hacerte feliz, ponértelo fácil, amarte y cuidarte.  

Yo seguía trabajando, sólo unas pocas horas a la semana. Y cada vez que iba a trabajar me sentía vacía al dejarte en casa. No quería despegarme de ti. Cuando llegaba al trabajo no me atrevía a mirar a mis compañeros. Intentaba hacer vida normal como si nada de lo nuestro hubiese pasado. Tú me llamabas para hablar conmigo, para darme besos y enviarme caricias, para preguntarme por tus dudas, para enseñarme lo que hacías sin mi y para escucharme contestar tu pregunta mágica:

Tú – ¿Cariño que tu no me amas?

Yo – Sí mi vida que yo te amo mucho

Tú – ¿Cuánto?

Yo – Mucho, mucho

Tú –¿Pero cuánto?

Yo –Como la trucha al trucho

Y ahí ya nos empezábamos a reír, me encantaba la sensación de tenerte en casa, de saber que cuando llegase de trabajar estarías allí. Que nos compartiremos, nos reiremos de las tonterías y que nos amaremos profundamente hasta sentir que ya no podemos más. Echo de menos esa sensación dulce de no tener miedo, de tener confianza plena en ese nosotros que estábamos empezando a construir.  

Y un día, de desayuno ilegal en casa de nuestra amiga, nos llegó la Lluna y así, casi sin quererlo ya éramos tres en casa. Ahí empecé, de verdad, a darme cuenta que no podría negarte nada de lo que me pidieras. Que aunque lo hiciera, tú tienes la habilidad para pedirme desde esa seguridad que me hace sentir pequeña, desde ese niño que no ha tenido nunca nada. Quién era yo para negar cualquier cosa que te hiciera feliz. Pero Madre mía que bonita que era la Lluna de pequeña, con un mes y tan juguetona que me saltan las lágrimas de felicidad de recordarlo.  

Tu felicidad era la mía y también porque tenía miedo de perderte, de que dejaras de amarme si no te daba lo que tú me pedías. Y tú no lo sabes, y yo aún no lo sé, pero dártelo desde ese amor me rompía por dentro, cada día un poquito. Nunca tuvimos límites, siempre se podían saltar.
Y así estuvimos más de un mes, arreglando tus papeles, poniendo en orden tu vida, jugando con la Lluna, queriéndonos, amándonos, jugándonos. Jugando a crear una relación que se pudiera comer al mundo y a todos los que no creían en nosotros. Traspasando límites familiares , amigos, amigas, compañeros y compañeras. Tu tan joven, yo tan madura ampliamos horizontes. 

Recuerdo un día que te dije: “ pues hemos sido valientes de empezar a vivir juntos sin conocernos. Yo porqué no tengo ni idea de quién eres, y tu porque no sabes quien soy yo en realidad”. Nos habíamos creado un avatar de cada uno, una idealización de promesas y de palabras. Es que llegaste a mi vida arrasando con la mía, viniste con toda tu vida pasada a cuestas, con todas tus causas pendientes, todos tus juicios, tus colegas, tu familia, todas tus mierdas y tus locuras. 

Y empecé a ser tú y tú seguías siendo tú. Porque mi proyecto de vida pasó a no importar a nadie, y ni tan siquiera intentaste que esto no pasara. Mi vida empezaste a ser tú, tus cosas, tus papeles, tus palabras, tus prioridades, tus deseos, tus proyectos… que de vez en cuando hacías ver que eran también para mi… pero es que ni tan siquiera habías mirado en mi interior para saber que yo no te acompañaría a tu nueva vida de ruido. Porque ahora ya sólo quería silencio. Contando esta historias sé que no parece que quiera silencio, pero después de meses de ruidos, al final todo esto vivido me llevará al silencio más absoluto.   

Hoy me ha llamado el director del centro para citarme. Quiere verme y preguntarme si los rumores que se oyen de mí son ciertos: que tengo una relación con un interno, que le he pagado las fianzas, que vivimos juntos. Y yo sólo tengo el valor de agachar la cabeza. No quiero reconocer ante nadie que aquello sea cierto, lo siento. Sé que fui una cobarde, y mi cobardía me perdió en una batalla de emociones y mentiras. Me sumió en una lucha interna muy potente. Esa situación me llevó a una investigación interna, a tener que ir a declarar ante un jurado, a tener que buscar un abogado, a asumir que perdería cosas que yo pensaba que no las podrías perder.

Ese choque entre mi mente, mi emoción y la situación me llegó a sobrepasar en un momento en el que tus exigencias eran tan absurdas cómo dolorosas. Y recuerdo un día en el trabajo riendo y llorando a la vez, sin capacidad de raciocinio, sin entender qué coño me estaba pasando. Porqué había llegado a esta situación. Me justificaba diciéndome que yo había hecho más reinserción contigo que el propio sistema. Pero me mató la falta de sinceridad conmigo, con mi mundo y ahora, las líneas que pasamos empiezan a sangrar.  

La transformación que he visto en mi es espectacular, maravillosa, no se puede describir, sólo se puede ver. Pero deberás esperar unos meses para poder verla y sentir…

 

Noelia Pedrola