Seleccionar página

Lo que me hace persona

Lo que me hace persona

Lo que me hace persona

Desde el primer intercambio de Andrew con su propietario demostró un perfecto uso de la racionalidad, lo cual no es extraño tratándose de inteligencia artificial, al comprender que cuando alguien dice “buenas noches” le respondemos una vez, y ya, pues de lo contrario habría un inútil intercambio de palabras al infinito.

Sin duda, la capacidad de raciocinio, y más si es abstracta, es una característica herramienta humana. Pero su primera demostración de humanidad, si se quiere, vino al momento no de pensar, sino de sentir, en este caso, compasión, por aquella araña que condujo al jardín.

No obstante, por lo pronto, sin consciencia de sí mismo y estando programado para considerarse como un objeto, al hacer alusión a su entidad se expresaba en tercera persona, como “uno” esto o aquello (“uno siente alegría de servirle”), y no en primera persona, como “yo”. Aquí comienza a surgir lo que se manifiesta como la gran diferencia entre la persona y la cosa: el ego, pero mejor aún la consciencia de sí mismo en la primera, y su ausencia en la segunda.

A quienes ya vieron la magnífica película “El Hombre Bicentenario”, estrenada en 1999 y con la extraordinaria actuación de Robin Williams, las líneas anteriores han de traerle gratos recuerdos acerca de una de las obras cinematográficas de mayor impacto y profundidad conceptual filosófica de todos los tiempos. Siempre la recomendé a mis alumnos en las universidades, y sirvió a cabalidad en los cine-foros para la mejor aproximación a la idea de libertad y derechos humanos, al alcance de todos.

Lo que muchos no saben es que esa formidable película se basó en un cuento del mismo nombre (“The Bicentennial Man”), de la Serie de los Robots, del escritor de origen ruso Isaac Asimov, de 1976, que fuera desarrollado luego como novela por el autor, en conjunto con Robert Silverberg, intitulada “El Robot Humano” (“The Positronic Man”), de 1993.

Un robot pasa toda su vida, mientras transcurren varias generaciones humanas, en una constante reflexión acerca de lo que significa ser persona, o gozar de humanidad, propiciando cambios externos e internos que lo asemejarían a una persona, en una permanente búsqueda del reconocimiento y de la aceptación como tal, por parte de la sociedad humana.

Pues bien, este objeto, artefacto o cosa es adquirido por una familia, con la idea de los padres de facilitarles la vida mediando la asunción de las tareas domésticas y demás trabajos en casa, bajo las tres leyes de la robótica:

1. Un robot no debe causar daño a un ser humano ni, por inacción, permitir que un ser humano sufra ningún daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes impartidas por los seres humanos, excepto cuando dichas órdenes estén reñidas con la Primera Ley. Y, 3. Un robot debe proteger su propia existencia, mientras dicha protección no esté reñida ni con la Primera ni con la Segunda Ley”.

Empero, desde el principio y particularmente gracias al padre y a la hija pequeña, la familia comienza a darle un trato afable y generoso a Andrew (llamado así porque la hija pequeña no sabía decir androide), que poco a poco va actuando en consecuencia.

Así, un día en que accidentalmente rompe un caballito de cristal de la pequeña, mostrando iniciativa propia, pues no medió orden alguna, vergüenza por lo hecho y creatividad, talla un caballito y una serie de otros animalitos de madera, para dar satisfacción y con alegría en ello, a la pequeña que ya era llamada por él “Damita”.

Frente a tal comportamiento, entre otras cosas remarcables de humanidad, el padre decide llevarlo a la fábrica de robots y tener una conversación con el encargado, a objeto de destacar esas conductas que en criterio del padre eran dignas de regocijo y admiración, sólo para felicitarles y saber si había otros robots con características similares, que evidenciasen esa actitud atencionada, propias de un ser dotado de creatividad, curiosidad, vocación de amistad, y hasta capacidad de disfrute al hacer las cosas, no por el solo hecho de hacerlas, sino con la intención de dar placer a alguien (con el ejemplo del haber tallado esos animalitos de madera para Damita).

No obstante, para su desagradable sorpresa, la reacción del encargado fue inexplicablemente negativa, al entender primero que le habían llevado el robot al objeto de ser revisado y reajustado, asumiendo que ese modo de proceder sería una anomalía, ofreciéndose entonces a “repararlo” y en su caso reemplazarlo.

El padre no logra comprender que, para el encargado, el hecho de que el robot fuese capaz de manifestar sus sentimientos, pudiese ser visto como un desperfecto o un defecto, derivado de un exceso de “antropoformización”.

De modo que el padre, indignado, se va de nuevo con su robot, diciéndole al encargado que “es imposible reemplazar lo irremplazable”. A partir de ese momento, el padre comienza a referirse a Andrew como “el” y no más como “eso”. Y Andrew se asume también como “yo” y no como “uno”. Surge la autoconsciencia, pero inducida por el trato del padre. Y frente al intento del encargado de recomprarlo, el padre le dice “no hay precio para la individualidad”.

Entonces pareciera que una de las pistas que ayudan a que alguien se asuma persona, integrante de la humanidad, y con ello se entienda con derecho a exigir respeto, valoración y consideración, es ante todo la de ser tratado de esa forma: Que te traten como humano es fundamental para llegar a serlo.

No en balde entonces el padre insiste en que Andrew logre verse a sí mismo como único y merecedor de respeto y trato digno, que habría de ser la tarea fundamental de los padres en el seno de la familia, y de la escuela en el ámbito de la sociedad. Que te hagan ver que eres único. Que se tomen el tiempo de propiciar una enseñanza que sirva para estimular el despertar de tus propios intereses.

Y entonces el padre y la Damita se lanzan decididamente en el sendero de permitirle descubrir aquello que sea lo mejor que pueda llegar a ser, por sí mismo. Y no escatiman en ofrecerle literatura, ciencia, historia, filosofía, conocimiento en general, pero también música y la importancia de la risa y del humor.

Lo cierto es que todo ello, dentro de un medio auténticamente familiar, en que ya desde el corazón de todos ya Andrew había dejado de ser una cosa y se le estimaba como un miembro querido de la familia, que entonces disponía de tiempo para sí según su iniciativa, se dedicó a reparar relojes y otros artefactos que al acumularse se empezaron a vender, lo que generó un flujo grande de dinero que, obviamente, a juicio del padre y de Damita, le pertenecía por ser quien lo había generado. El derecho, pues, de ser remunerado por las ventas de esos objetos por él reparados. Y de allí, se logró que se abriera una cuenta bancaria, a su libre uso y disposición, a fin de que pudiese cubrir los gastos de su actividad económica y gustos o caprichos. La posibilidad de ser propietario o dueño de cosas.

En paralelo a lo anterior, Andrew comienza a experimentar afecto e inclusive amor, por el seno familiar y particularmente por Damita (ya adulta), aunque claro, era aún muy difícil aceptar para los miembros de la familia que ellos también lo estaban sintiendo por él, puesto que no podían perder de vista que aún, en definitiva, de trataba de una cosa, de un robot. Digamos que una discriminación surgida de su condición inhumana.

Entonces Damita que no tuvo el coraje de declararle su extraño amor, decide aceptar casarse con su prometido, e invita a Andrew quien, por tal ocasión, por primera vez usa ropa, con tan gran impacto en él y en los suyos, que en lo sucesivo ya no dejará de vestirse más nunca.

Empieza así la carrera de décadas por la apariencia externa humana, en ese caso gracias a la vestimenta.

Y consigue que se hagan ajustes en su rostro, que le permiten expresar fidedignamente las emociones y sentimientos que percibe en cada ocasión, como toda persona, como frustración, decepción, molestia, bravura, alegría, sorpresa, contentamiento, satisfacción, etc.

Y llega el día en que plantea al padre y a Damita la pregunta acerca de ¿cómo se obtiene la libertad? En otras palabras, no se trataba de que no tuviese ya la disposición de su tiempo y la administración de su día a día y de su patrimonio. El punto era de sentir la honra de ser declarado libre. De conmemorar las luchas históricas de la humanidad en la consecución de la libertad. Y, a justo título, el derecho a tomar sus propias decisiones. Y ya concluyentemente hacía referencia a sí mismo como “yo” y no como “uno”.

El padre, tras una interesantísima conversación de estirpe filosófica, le devolvió el cheque con el que previó comprar su libertad, y le hizo ver que la libertad es algo que se decide simplemente y se actúa; y comenzó a hablarle de la otra cara de la moneda, es decir, de las consecuencias de la libertad, las responsabilidades, y le pidió irse. Andrew lo comprendió, tomó sus pertenencias y se instaló en un lugar de su agrado en la playa.

Andrew emprendió luego de largo tiempo un viaje de décadas que lo llevó a comprender que no había otros como él, que efectivamente era único (pues todos los de su serie habían sido destruidos o reprogramados), y tras conseguir con un científico obtener un rostro humano perfecto, con piel y cabello y plena funcionalidad emocional, regresó a su casa en la playa, habiendo adquirido un importantísimo aprendizaje de humanidad: son las imperfecciones lo que nos hace únicos.

Pero a su regreso ya Damita era abuela y estaba muy anciana, muriendo al poco tiempo (con su caballito de madera en la mano), experimentando Andrew con claridad el sentimiento de tristeza. Y conoce y empieza a relacionarse un poco convulsivamente al principio con Portia, la nieta ya adulta de Damita.

El compartir con Portia le lleva realmente a concluir su aprendizaje acerca de lo que te hace persona, en lo más profundo del ser. Y ello también en el camino del ejercicio de la imperfección, vista ahora como el estar dispuesto a equivocarse y a cometer errores: en toda circunstancia debes seguir tu corazón.

Ya para ese momento Andrew tenía una total apariencia humana al exterior, corporal, y también había logrado ir suplantando muchos de sus componentes electrónicos y mecánicos por elementos de diseño y funcionamiento orgánico interno, por lo que era capaz de sentir al tacto, incluso dolor, comer y beber con sentido del gusto… Sólo su cerebro seguía siendo positrónico y con ello inmortal.

Pero su cada vez más intensa vinculación con Portia le hace sentir una serie de emociones cada vez más fuertes y claras, y es el amor quien toca su puerta. No solamente su necesidad manifestada de tener familia, alguien con quien conversar, sino claramente contar con una pareja plena, alguien a quien hacer reír (pues la risa es esencial), y con aquello de que poco importa sentir la humillación de ser rechazado, alguien a quien besar y abrazar. Y vaya que Portia disfrutó sus besos, como él los suyos, por lo que ella decidió no casarse con su prometido (por quien Andrew sintió celos), y vivir junto a Andrew, pues al no haber sido reconocido como persona, no le permitían contraer matrimonio.

A todas estas, Andrew se enfrenta al mayor reto: Entender y asumir que la finitud es una característica intrínseca de la humanidad, y que su inmortalidad es el obstáculo mayor a su reconocimiento como persona, por lo que induce su transformación definitiva, mediando tratamientos que le permiten envejecer, por el deterioro progresivo de sus funciones vitales, acompañando a Portia en su propio proceso de envejecimiento, a lo largo de una vida feliz.

Y finalmente muere segundos antes de haber sido pronunciada su aceptación oficial como persona, puesto que ya no le era importante ese reconocimiento, toda vez que como dijo “se debe vivir y morir con dignidad y es mejor que vivir eternamente”. Murió así, como Andrew Martin, tal como vivió en su corazón.

Pareciera entonces, si al ejemplo de los perros nos vamos, que es esencialmente la capacidad de amor compasivo lo que nos hace personas. Así, no todo ser humano sería persona y no toda persona sería ser humano. Pero saca tú tus propias conclusiones estimado lector.

Alberto Blanco-Uribe

4 Comentarios

  1. Camilo London

    Grata lectura y reflexión sobre este tema

    • Alberto

      Gracias estimado Camilo, esos son los objetivos. Saludos

  2. Gerencia y Tributos

    Una excelente película y este post la toma y describe de forma magistral, sin lugar a dudas. Para destacar lo esencial del significado del reconocimiento de la persona

    • alberto

      Honrado por este comentario tan generoso. Ojalá la reflexión llegue lejos, en el rescate del ser de nuevo personas

Sobre el Autor

Alberto Blanco-Uribe

En mi quehacer de décadas, tanto en Venezuela como ahora en Francia donde vivo, mi compromiso siempre ha sido el acompañamiento en el proceso de aquellos a quienes puedo servir. Tanto en mi anterior profesión como abogado, como en mi continua ocupación como profesor e investigador, en temas de derechos humanos, de derecho ambiental, de paisaje y de patrimonio cultural, y particularmente en los vinculados al yoga y al bienestar en general, siempre he ofrecido una atención personalizada, volcado hacia la comprensión de lo humano, en busca de la calidad de vida y del equilibrio cuerpo, mente y espíritu......

Suscríbete al boletín

Únete para que no te pierdas las ultimas publicaciones, noticias y novedades de nuestros los autores de esta gran comunidad.

¡Te has suscripto con exito!