Una excelente fábula de autor desconocido, intitulada “El ratón y la ratonera”[1], narra que:

“Un ratón, mirando por un agujero en la pared ve a un granjero y su esposa abriendo un paquete. ¡Quedó aterrorizado al ver que era una trampa para ratones!

Fue corriendo al patio de la Granja a advertirles a todos: “¡Hay una ratonera en la casa, hay una ratonera en la casa!”.

La gallina, que estaba cacareando y escarbando le dice: “discúlpeme Sr. Ratón, yo entiendo que es un gran problema para usted, pero no me perjudica en nada.”

Entonces el ratón fue hasta el cordero y le dice lo mismo: “¡Hay una ratonera en la casa, hay una ratonera en la casa!”. “Discúlpeme Sr. Ratón, pero no creo poder hacer algo más que pedir por usted en mis oraciones”.

El ratón se dirigió entonces a la vaca y ella le dijo: ¿Pero acaso, estoy en peligro? Pienso que no, dijo la vaca.

El ratón volvió para la casa, preocupado y abatido, para encarar a la ratonera del granjero.

Aquella noche se oyó un gran barullo, como el de una ratonera atrapando su víctima.

La mujer del granjero corrió para ver lo que había atrapado. En la oscuridad, ella no vio que la ratonera había atrapado la cola de una serpiente venenosa.

La serpiente veloz, mordió a la mujer. El granjero la llevó inmediatamente al hospital, ella volvió con fiebre alta.

Así que el granjero para reconfortarla pensó en prepararle una nutritiva sopa.

Agarró un cuchillo y fue a buscar el ingrediente principal: la gallina; como la mujer no mejoró, los amigos y vecinos fueron a visitarla, para agasajarlos el granjero mató el cordero.

La mujer no mejoró y murió. Para cubrir los gastos del funeral, vendió la vaca al matadero”.

 

Tal como podemos observar, estos personajes de la gallina, el cordero y la vaca estaban convencidos de que el problema de la instalación de una ratonera no era suyo, o de que en definitiva ello no supondría ningún problema, al menos para ellos.

Se encuentran representados en esos animales de granja todas aquellas personas, muchas lamentablemente, que sólo viven para ellas mismas, en lo individual, y a lo sumo, en función exclusivamente de quienes consideran sus seres allegados, sean queridos o vinculados por intereses diversos.

Algunos dirán que ya tienen suficiente con tener que afrontar sus propias situaciones problemáticas, como para tener que dedicar tiempo a atender las necesidades, las emergencias o las inquietudes de los demás.

Sin duda, las sociedades contemporáneas, particularmente en las áreas de influencia de las culturas occidentales, han tendido progresivamente al individualismo. Han aprendido a vivir en una suerte de “sálvese quien pueda”.

Y sobre ese pensar, se han generalizado frases como “no metas tu nariz en donde no te han llamado”, “esto no es asunto tuyo”, “el que se mete a redentor sale crucificado”, “eres más metido que una gaveta”, y tantas otras, que tienen en común criticar y rechazar a quien tenga la iniciativa de intervenir en un acontecer ajeno, con ánimo de contribuir generosa y desinteresadamente en la solución de los inconvenientes presentes.

No digo que haya la obligación de aceptar semejantes iniciativas, solo que habría formas gentiles y agradecidas de aceptarlas o no, siempre en armonía entre todos. Y sería menester aplaudirlas y regocijarse de su existencia.

No en balde en el derecho se prevén figuras como las de los mediadores, los conciliadores y los amigables componedores.

No obstante, en el relato presentado la circunstancia es más grave, pues en ese caso no se trata de terceros con iniciativa de ayudar, sino de alguien que busca en terceros el auxilio, una colaboración o al menos una palabra de consuelo, una idea salvadora, un consejo o una protección, pero se encuentra con el muro de “no es mi problema”, o el temible “allá tú”.

Una sólida pared que está construida sobre la base de la pérdida total y progresiva de valores fundamentales de la vivencia paradójica en sociedad, como lo son la solidaridad, la generosidad, la fraternidad, la condescendencia, el amor y la compasión.

Todos están teóricamente convencidos de que una sociedad nutrida por tales valores sería ideal y todos viviríamos bien, pero consideran que se trata de una mera fantasía, de realización imposible.

Empero, si en todas las filosofías y en las religiones y creencias diversas se nos habla de hacer el bien, incluso en el Karma Yoga se es muy preciso acerca de que todos debemos obrar en el Dharma, es decir, en la acción justa y debida sin apego a los resultados, entonces, ¿cómo es posible que la gente mayoritariamente pueda llegar a ser tan insensible e indiferente en cuanto concierne al dolor, al pesar, a la tristeza o al peligro ajenos?

Es verdad, y no debemos ocultarlo, que no en pocas ocasiones quien se presta a ayudar al otro termina de alguna forma perjudicado. Siempre se narra la historia de aquellos que se detienen en la carretera frente a un accidente, recogen a alguien herido y camino al hospital éste fallece o pierde la consciencia, y ese buen samaritano termina detenido “por averiguaciones”, pudiendo sufrir diversos percances.

Obvio que estas cosas pueden suceder y corresponde al fuero interno de cada uno tomar la decisión apropiada, acontezca lo que acontezca, pues realmente es su problema, y digo que lo es, porque nadie está exento de la posibilidad de que en algún momento sea él el del accidente u otra perniciosa situación, y muy contento estará de que otro le preste oídos y manos en su ayuda. En la filosofía africana Ubuntu, estoy bien porque estamos bien.

El derecho también prevé como delito el hecho de no prestar socorro a persona en peligro, pero más allá de que esas normas sean efectivas o no en su aplicación, lo mejor sería que la gente se prestase socorro no por el temor de ser castigados, de no hacerlo, o de ser afectados, de hacerlo, sino por simple y elemental amor compasivo. La compasión implica así identificarse ante los males de alguien[2].

Algunos, entre ellos Thomas Hobbes, en su libro “El Leviatán” (1651), consideran esto imposible, al expresar que el ser humano es malo por naturaleza “el hombre es un lobo para el hombre”, aunque jocosamente cabría observar que los lobos son de los animales que viven en manada, entre sus iguales, y con un enorme sentido instintivo de protección… Y que solo un Estado fuerte con convicciones basadas en firmes valores, pueden garantizar la vida pacífica en sociedad.

Otros, como Jean-Jacques Rousseau (1712-1778), estiman que, por el contrario, el ser humano es bueno por naturaleza, pero la sociedad lo corrompe. En consecuencia, esos valores que hemos citado, que a fin de cuentas han sido concebidos por la labor filosófica del ser humano, en su auto-consideración y autoconocimiento, se encuentran en sus “yo verdadero”, en su interior, en sus esencias espirituales, siendo que únicamente la debilidad de carácter, muchas veces inconsciente, es capaz de hacerlos olvidar, de modo de dejarse caer en la corrupción propia de las crisis valorativas.

Aquí la corrupción no se refiere solamente a obrar en el vicio, delinquir, robar, etc., sino a la pérdida de valores y comenzar a actuar desde el egoísmo y únicamente en pro del auto-provecho, con indiferencia frente a los demás y sus suertes.

De esta manera, estimados lectores, dejo plasmadas estas líneas como una invitación a nuestra reflexión. No se trata de decidir entre actuar bien o mal, pues mucho podríamos objetar en cuanto a la veracidad de esa dualidad entre lo bueno y lo malo, sino de hacer lo que instintivamente nuestro ser interior, aquella vocecita, nos muestra, y que se traduce en vida, sonrisas, contentamiento, alegría, paz, tranquilidad y serenidad… ¡para todos!

Y recuerda, no hagas al otro lo que no te gustaría que te hicieran a ti.

Alberto Blanco-Uribe

3 Comentarios

  1. Sonia del Valle Molina

    Excelente artículo Alberto, vemos que cuando tienes ganas de ayudar a otros, siempre la gente te aconseja no meterte en lo que no te conviene, debemos seguir nuestra naturaleza, nuestra esencia, y si tú esencia es la de ayudar, ayuda sin mirar a quien…

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    • Alberto

      Gracias Sonia, ese es precisamente el sentido de esta reflexión, que aprendamos a guiarnos por nuestro instinto y nuestra generosa intuición. Saludos

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  2. Lilo Schmid

    Muchas gracias, Alberto. Totalmente de acuerdo con hacer lo que dicta tu corazón para el bien común.

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